A simple vista, la economía formal parece un motor perpetuo impulsado por fábricas, oficinas, mercados financieros y tecnología. Sin embargo, debajo de esta maquinaria visible existe una inmensa infraestructura oculta sin la cual el sistema colapsaría en cuestión de días: el trabajo de cuidados. La crianza, la atención a los mayores, el apoyo emocional y el mantenimiento del hogar constituyen la verdadera base de la reproducción social. Históricamente, el sistema económico ha funcionado tratando este trabajo inmensamente valioso como un recurso infinito y gratuito, expropiado sistemáticamente, en su gran mayoría, a las mujeres.
La privatización de la supervivencia y la ilusión de la independencia
En las sociedades contemporáneas, hemos elevado el mito del individuo autosuficiente e independiente como el ideal del éxito. Esta narrativa es una ficción conveniente. Nadie es verdaderamente independiente; todos somos profundamente interdependientes. Todos requerimos cuidados intensivos al nacer, en la enfermedad y en la vejez, y necesitamos apoyo logístico y emocional continuo durante nuestra vida adulta para poder presentarnos cada mañana en nuestros puestos de trabajo.
El modelo económico actual, obsesionado con la reducción del gasto público y la privatización de los servicios estatales, ha devuelto la carga de los cuidados al ámbito privado de los hogares. Cuando el Estado recorta en sanidad, guarderías públicas o residencias de mayores, esa necesidad no desaparece; simplemente se transfiere en forma de agotamiento crónico hacia las familias. Las corporaciones se benefician enormemente de este arreglo: obtienen trabajadores descansados, alimentados y socializados cada mañana, sin tener que asumir el inmenso costo de producción y mantenimiento de esa “fuerza laboral”. Es un subsidio invisible gigantesco desde la esfera doméstica hacia la acumulación de capital.
El agotamiento humano como reflejo del agotamiento ecológico
La crisis de los cuidados es el espejo social de la crisis ecológica. Al igual que el modelo económico asume que la naturaleza es un vertedero infinito y una fuente inagotable de materias primas que no requiere regeneración, también asume que la energía humana y la capacidad de cuidado son inagotables. Sin embargo, los recursos humanos tienen límites biofísicos. Estamos presenciando una erosión acelerada del tejido social: tasas de natalidad en caída libre no por falta de deseo, sino por imposibilidad material; agotamiento crónico; y una epidemia de soledad en la tercera edad.
Además, cuando los cuidados se mercantilizan y se delegan en el mercado, se crean cadenas globales de explotación. Mujeres migrantes del Sur Global dejan a sus propias familias y comunidades (generando un déficit de cuidados en sus países de origen) para cuidar a los ancianos y niños en los países del Norte por salarios de miseria. Se extrae “energía emocional” y tiempo vital de las periferias del mundo con la misma brutalidad con la que se extraen minerales o combustibles fósiles.
Reconstruir la infraestructura de la vida
Para evitar el colapso social, es imperativo desmercantilizar la supervivencia. Necesitamos una transición hacia una sociedad que ponga la sostenibilidad de la vida —y no la acumulación de beneficios— en el centro de sus prioridades políticas. Esto requiere la creación de sistemas universales y públicos de cuidados, la reducción drástica de la jornada laboral para liberar tiempo para la vida comunitaria, y un reconocimiento estructural de que la vulnerabilidad y la interdependencia no son debilidades que deben ocultarse, sino la condición humana fundamental que nuestra sociedad debe organizar y proteger.


