Si un observador extraterrestre analizara la morfología de nuestras ciudades modernas, concluiría que la especie dominante en la Tierra no es el ser humano, sino el automóvil. Durante casi un siglo, la planificación urbana ha estado secuestrada por los intereses de las industrias petrolera y automotriz. Calles, plazas y parques fueron pavimentados y convertidos en vías rápidas y estacionamientos. Este modelo de ciudad dispersa y centrada en el coche privado no solo ha sido una catástrofe climática, sino que ha funcionado como una poderosa herramienta de ingeniería social para consolidar la desigualdad y la segregación.
Autopistas como cicatrices de clase y raza
El diseño de las infraestructuras de transporte nunca es neutral. A mediados del siglo XX, la construcción de inmensas autopistas urbanas partió las ciudades por la mitad. Estas vías rara vez atravesaron los barrios acomodados; en su lugar, las excavadoras arrasaron sistemáticamente vecindarios de clase trabajadora, comunidades migrantes y minorías racializadas. El asfalto actuó como un muro de contención, aislando a las poblaciones vulnerables de las oportunidades económicas, al tiempo que facilitaba la huida de las clases medias hacia los suburbios verdes.
Quienes no pueden permitirse un vehículo son castigados con sistemas de transporte público infrafinanciados, colapsados y lentos. La movilidad, un requisito previo esencial para acceder al empleo, la educación y la salud, se ha privatizado. El tiempo de vida de la clase trabajadora es expropiado en trayectos diarios de dos o tres horas en autobuses atestados, mientras el espacio público se reserva para el tránsito fluido de la propiedad privada sobre cuatro ruedas.
El ecocidio cotidiano y la falacia del “crecimiento verde”
Desde una perspectiva medioambiental, la ciudad del automóvil es una máquina de suicidio colectivo. El transporte por carretera es una de las principales fuentes de emisiones de carbono que aceleran la crisis climática, además de generar contaminación atmosférica letal que causa millones de muertes prematuras al año, concentradas abrumadoramente en los barrios pobres que bordean las vías de alta capacidad. El asfalto sella el suelo natural, destruyendo la biodiversidad local, provocando inundaciones severas al impedir la absorción del agua de lluvia y amplificando las mortales olas de calor urbano.
Ante esta crisis existencial, el mercado propone una falsa salvación: el coche eléctrico. Sin embargo, sustituir mil millones de motores de combustión por mil millones de pesadas baterías de litio no resuelve el problema sistémico. La extracción minera necesaria para esas baterías está devastando ecosistemas en el Sur Global. Un atasco de coches eléctricos sigue siendo un atasco; sigue requiriendo la misma cantidad absurda de espacio público asfaltado y sigue perpetuando un modelo de consumo individualista y energéticamente irracional.
Rediseñar la ciudad para la vida
No podemos conducir nuestro camino fuera del colapso ecológico. La verdadera transición requiere desmantelar la dictadura del asfalto. Esto significa reconquistar el espacio público para los peatones, la infancia y la biodiversidad. Exige inversiones masivas e incondicionales en redes de transporte público gratuito y electrificado, redes de carriles bici seguros, y la reorganización de la ciudad hacia el modelo de “los 15 minutos”, donde el trabajo, los cuidados y el ocio estén a distancias caminables. El objetivo no es cambiar el tipo de motor del coche, sino erradicar la necesidad estructural de poseer uno.


